Es útil pensar que la Patagonia fue y sigue siendo un territorio amplio y salvaje. Una región de desafíos e inmensidades. El hombre al límite: en el desierto, frente al mar, la montaña, el frío, el viento, lo desconocido, la soledad, el fin del mundo... Su clima y su lejanía la hicieron apenas apetecible para pioneros, exploradores y fugitivos, pero igualmente indomable, preservando así una de las zonas más lindas y ricas del continente de la contaminación humana.
Estas tierras fueron habitadas por tehuelches, onas, mapuches y araucanos, verdaderos pioneros y protagonistas del comienzo de la historia, quienes perdieron su lugar frente a la fiebre del oro y la conquista del desierto. No fue hasta 1865 que a bordo del buque "La Mimosa" había llegado un contingente de familias galesas hasta la actual Puerto Madryn, siendo esos hombres y mujeres unos de los primeros en entrar en contacto con los nativos de la Patagonia, con quienes mantuvieron una relación pacífica. Pero faltaba poco para que los políticos pusieran sus ojos en las riquezas que guardaba La Patagonia.
Dentro del proceso de consolidación histórica de la independencia de la nación Mapuche, el pueblo Mapuche junto a Orelie Antoine, de origen francés - naturalizado Mapuche- formaron en 1860 el Reino de Araucania y Patagonia. De esta forma los mapuches reafirmaban -ante el mundo- su derecho a la autodeterminación y la vigencia de la frontera establecida con España, en el tratado de Killen de 1641. Argentina y Chile ya se disputaban estas latitudes, y con la expulsión de Orelie a Francia, allanaron el camino para dominar el sur.
Hoy, a pesar del auge de esta región, todavía es posible sentir la inmensidad de La Patagonia como lo hicieron los primeros pobladores y más tarde los exploradores, conquistadores, inmigrantes y estancieros. Sigue siendo una tierra salvaje y misteriosa donde abundan las leyendas y donde la naturaleza sigue mandando. Además, posee una de las reservas de agua potable más grandes del mundo.